El amor a los pacientes

Los psicoterapeutas nos equivocamos. En mi caso, procuro no cometer errores, en base a la -quizá excesiva-autoexigencia que desde pequeña me he marcado día a día. Cuando una terapia no funciona, o no avanza al ritmo que considero óptimo, siempre (siempre!!) miro hacia mi misma para ver qué estoy haciendo mal y cómo puedo afinar la estrategia más adecuada a la persona.

Aun así, hay terapias que no avanzan, sea por la dificultad del terapeuta -que no somos adivinos ni magos, por otra parte- o por que el paciente está tan realmente bloqueado que su corazón no desea volver a abrir la caja de los truenos.

En este oficio, que es casi una manera de ser, nos encontramos tanto a pacientes agradecidos y confiados como a pacientes que siguen defendiéndose. Y es normal, porque, aunque uno quiera sanarse e iniciar un proceso de terapia, lo que no quiere -en el fondo- es pasarlo mal. Esta resistencia, de hecho, está contemplada en el proceso terapéutico y tiene diferentes máscaras:

  • Resistencia por mal emparejamiento paciente-terapeuta.
  • Resistencia “ajena”, interferencias energéticas.
  • Resistencia por identificación y confusión de papeles.
  • Resistencia por aparición de emociones fuera de terapia.
  • Resistencia por miedo a la intensidad emocional.
  • Resistencia por baja tolerancia a la frustración.
  • Resistencia por miedo al cambio.
  • Resistencia por oposición o rebelión.
  • Resistencia por expectativas terapéuticas erróneas.
  • Resistencia por creencias irracionales.
  • Resistencia intelectual.

Como psicoterapeuta, ya cuento con que, en un momento u otro, surgirá un desencuentro con esa parte de la persona que se resiste. A veces, es como si el paciente se dividiera en dos y una parte quisiera curarse, pero otra no. Ahí aun es fácil convencer al lado que no quiere cambiar nada.

El problema es cuando me encuentro en una “lucha contra” el paciente, cuando yo me preocupo más por él/ella que el/ella mism@, cuando hay que insistir en que se dé cuenta del bloqueo real que le moldea negativamente la vida. Porque en el momento en que pongo ese espejo a la persona, puedo empezar a ser su diana. Sí, diana de sus miedos, de sus frustraciones, de la rabia contra su padre o contra su madre que focaliza en mí. El paciente cree que soy yo quien se lo está haciendo pasar mal, cuando lo único que hago es quitarle la venda incrustada en sus heridas. En ocasiones, el paciente no se da cuenta de que la terapia es para él, y no para mí; es por él y no por mí. Ciertamente la labor psicoterapéutica es muy gratificante, solo que en ocasiones incluye esos pisotones a la integridad del trabajador, porque, no olvidemos que todos somos personas -incluso los terapeutas-. Es como si los terapeutas que no damos jabón y procuramos ir al origen, fuéramos objeto de mayores disparos.

Siempre que no se me falte al respeto profesional y/o personal -solo en un par de ocasiones me ha sucedido algo así- , “no me importa” ser la diana del paciente. Lo que quiero decir es que mi amor por las personas que quieren curarse y que confían parte de su vida y su tiempo en terapia conmigo, es tan grande como para no tomarme esos dardos como algo personal.  El amor a los pacientes hace que brote de mí una comprensión infinita, porque yo un día también fui paciente y tuve miedo de abrir lo que más me dolía. Tuve miedo de sentirme peor, porque yo “ya estaba bien” y porque mi terapeuta “exageraba con todo”. Yo también sentí rabia y resentimiento hacia mi terapeuta. También pensé que era algo muy caro para sólo una hora de trabajo, también pensé que era muy fácil sentarse a hablar con una persona y cobrarle 50 €. Incluso, llegué a multiplicar 50 € la hora por 40 horas de trabajo a la semana!!

Lo que no sabía es lo que hay del otro lado:

  • Preocupación en forma de compromiso, más allá de la consulta, por cómo se sentirá cada paciente.
  • Compromiso real y profundo con cada persona, incluso con su entorno.
  • Media hora/tres cuatros de preparación y un tiempo similar de trabajo posterior a cada sesión de terapia.
  • Ofrecerle la confianza de que, si se siente muy mal o le pasa algo, puede llamarme cuando lo necesite.
  • Preparación para amortiguar cualquier “disparo” de la persona en cualquier momento. Preparación para cualquier improvisto que pueda surgir, que rompa la estrategia terapéutica que se va diseñando poco a poco.
  • El hecho de que no es posible trabajar con personas más allá de unas determinadas horas a la semana, tanto por el trabajo interno como por la intensidad de la labor.

Lo dicho; mi amor por el paciente incluye, aun después de haber sido su diana, la confianza en que sane aquello contra lo que está luchando. Si no es conmigo, con otro terapeuta que le ayude a sanar desde el origen lo que le está bloqueando.

Núria Esther Garcia, psicoterapeuta, docente, acupuntora 

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