Todos nos dañamos a todos, hasta el infinito

Las personas no nos hacemos daño entre nosotras porque sí. Nos hacemos daño porque se nos ha hecho daño, de la misma manera que nuestros padres nos hicieron daño porque ellos, a su vez, también fueron dañados por los suyos. No hay ningún fruto que no nazca de una semilla. Vivimos en una cadena donde copiamos y pegamos lo que hemos recibido, tanto en la niñez como en la edad adulta.

Madres que dan una bofetada a su hijo, niños que cortan la cola de una lagartija, padres que castigan el su hijo cara la pared, jefes que chillan a sus empleados, parejas que se humillan el uno al otro…Pero también niños y adolescentes que maltratan su cuerpo comiendo “porquerías” o tomando drogas, mujeres que se insulten a sí mismas, hombres que se castigan trabajando sin descanso, chicas que ofrecen su cuerpo como única herramienta para ser queridas. La agresividad solo es falta de amor, es el amor no recibido desde el exterior. La culpa solo es la falta de amor hacia uno mismo.

Es necesario comprender qué lleva a alguien a herir a los demás; también es necesario comprender por qué una persona se hiere a sí misma, indiscriminadamente. Todo tiene un por qué, a pesar de que algunas conductas parezcan totalmente incoherentes.

Las personas tenemos dos cimientos básicos: la autoestima y la autonomía emocional. La primera nos permite respetar nuestras necesidades, emociones y sentimentos para conseguir una vida coherente y respetuosa con la propia alma. La segunda nos permite vivir como seres emocionalmente autónomos, no dependientes de nada ni de nadie, con plena libertad para establecer relaciones nutritivas. Estos cimientos son una planta, que contiene dos semillas que deben ser regadas para crecer y dar sus frutos en cada paso de la vida.

¿Qué sucede cuando no se ha regado ni cuidado nuestra planta? Tenemos dos vías: tratar a los de más tal y como fuimos tratados, o bien tratarnos a nosotros mismos tal y como fuimos tratados. Lo que pasa es que a menudo hacemos las dos cosas, porque el dolor interno es tan grande que necesita ser “drenado” hacia el exterior, ni que sea un poco.

Es como si hubiera dos tipos de maltrato. El maltrato directo o activo, como cuando nuestra madre nos soltaba una soberana bofetada al más mínimo “error” o como cuando nuestro padre nos chillaba tanto como para hacer que entráramos en pánico. El maltrato indirecto o pasivo, es el que, por omisión, nuestros padres no nos protegieron ante quien (incluso de la propia familia) nos faltaba al respeto.

Sea como sea, de esto hemos sacado unos frutos, cuando ahora no nos permitimos ni el más mínimo error (porque nuestra madre tampoco lo hacía) o cuando nos enganchamos a cualquier relación, a cualquier precio (para ser visibles o importantes para alguien). O incluso cuando el trabajo es más importante y va por delante de las propias necesidades, ya sean físicas o emocionales. La gravedad de las consecuencias es proporcional a la profundidad de nuestras heridas.

Como terapeuta, me duele ver como una persona hace daño a los demás, y también me duele ver cómo se hace daño a sí misma. Todos llevamos heridas y, ahora como adultos, por fin tenemos la oportunidad de cuidar nuestra planta, regando las semillas que no pudieron brotar.  Ahora, como adultos, tenemos la oportunidad de empezar a acercarnos al niño o la niña que fuimos, para poder darle lo que nadie le pudo dar. Haz la prueba hoy cuando vayas a dormir: cógete una mano con la otra, como si pudieras coger la mano del niño o niña que fuiste. Te acompañaban tus papás a dormir? Ahora puedes acompañar tu, al niño que fuiste. De verdad, pruébalo!

¿Sabías que las semillas pueden permanecer intactas durante años y años, hasta que no son germinadas? Mi labor como psicoterapeuta a menudo me hace sentir como una jardinera, guiando al paciente para que saque las “malas hierbas” de su jardín, ayudándole a encontrar sus mejores semillas, dándole la oportunidad de que aprenda a cuidar su tesoro, el resto de su vida. En paralelo, la labor docente me hace sentir el júbilo de compartir con mis alumnos el funcionamiento emocional y sus consecuencias físicas de la infancia vivida.

Núria Esther Garcia, psicoterapeuta, acupuntora, docente

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